sábado, 13 de julio de 2013

EL HÁBITO QUE HACE AL MONJE


 El hábito que hace al monje
no es el que sobresale
ni el que poco o mucho vale,
mas de él no se despoje.

Lleve el justo ambas ropas.
Así, el que yerre su camino
sabrá quién es su Juez Divino,
y, el que acierte, huirá de malas copas.

Ama lo que hagas y vieres
por amor a quien te ama
y, sin andar por cosa vana,
deja claro de quién eres.

Es común y popular el dicho categórico que afirma tajantemente: "el hábito no hace al monje". Sin embargo cabe tener en cuenta unos detalles que explican cómo sí que hace al monje según qué hábito, llamémoslo hábito 1 para posteriormente abreviar, y cómo el hábito que no lo hace sí lo mantiene o al menos le recuerda qué hábito 1 ha escogido; llamemos a éste otro, hábito 2.
Para entender la diferencia entrambos, cabe sacar a la luz dos de las acepciones que ofrece la RAE para esta palabra. La primera es la siguiente: "modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas" y la segunda "vestido o traje que cada persona usa según su estado, ministerio o nación, y especialmente el que usan los religiosos y religiosas".
Para ir con orden, vemos cómo el hábito 1, el que reza la primera acepción, refleja una actitud, centrándonos en el hábito religioso, positiva en tanto en cuanto sea un hábito piadoso, de oración, de caridad, de fraternidad y de ayuda que lógicamente sí hace al monje, lo forja en el amor a Dios y a las mujeres y hombres, prójimos suyos. Así, podemos entender que, en este caso, no es lógico afirmar que el hábito no hace al monje.
Sin embargo, la segunda acepción, hábito 2, es más problemática. En este caso, hago referencia a la sotana como hábito, para algunos arcaico, de los sacerdotes, seminaristas y clérigos en general. Cabe decir que si para algunos resulta ésta de índole divisoria o resulta una barrera para con los demás, es mi opinión la siguiente: las "barreras", que son además tan tradicionales, es decir, con una gran tradición y significado detrás, no han de derrumbarse, más bien hay que abrir en ellas unas puertas dispuestas a acoger al que lo necesite. Esto, teniendo en cuenta que no puede resultar barrera algo, que teniendo su significado espiritual, es meramente material, físico. Es decir, lo espiritual no crea la barrera puesto que, de ser así, tan irrelevante sería llevarla como no llevarla, pero que, lo material, que una vestimenta marque la opinión sobre alguien, aunque en determinados casos muy concretos pueda hacerlo o pueda aportar alguna información sobre la persona, no es del todo sano; es uno de los prejuicios de los que tanto hablo. Incluso, podríamos (aunque no es menester) decir que, teológicamente, el sacerdote es alguien especial, segregado del resto de los hombres para el culto a Dios, consagrado totalmente a su servicio, elegido de entre todos para servir a Dios y al prójimo.
Además, hay en las sotanas un significado especial y es que marcan a quién se pertenece, de un modo especial, que recuerda al mundo la existencia de Dios, que marca el orgullo, en sentido positivo, con el que se lleva al corazón a Cristo. También resulta, si se compra honestamente y cumplido o con la verdadera intención de hacerlo el  hábito 1, un signo de pobreza que evita pensar en las modas mundanas, como he leído en un blog, es como decir: "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre".
Y, aunque aquí manifiesto algunas razones y pensamientos para llevar los trajes clericales, manifiesto la más completa comprensión hacia los hermanos sacerdotes y seminaristas que no llevan esas vestiduras. Entiendo que estas ideas sean difíciles de aceptar por los que han sido formados en la idea esencial de que lo importante es la cercanía con la gente y que, por tanto, todo signo de distinción conlleva separación, alejamiento y, por tanto, un mal cumplimiento del ministerio de la ayuda al prójimo.
En este escrito, hablo de los argumentos a favor de los hábitos eclesiásticos, pero no me cuesta entender las razones contrarias a estos argumentos. Sostengo la postura aquí expuesta, simplemente porque entre unas razones y otras, me convencen más las razones a favor. No obstante, no juzgo a los que portan ropas seculares habiendo tomado en sí un verdadero estado clerical. No juzgo, para nada, a los que se revisten de ropas laicales. Creedme los que leéis estas líneas, no juzgo, no pienso mal ni digo en mi interior: qué sacerdote tan mundano, que secularizado está. Y si alguna vez he sentido la tentación de pensar eso -tentación-, me he contenido. Y si he consentido, me he arrepentido.
He conocido a muchos sacerdotes que no solo son buenos, sino, inmejorables, verdaderos hombres de Dios, hombres santos que visten como laicos.
Y dejando claros mis pensamientos acerca de no juzgar, ante la pregunta si es obligatorio para los clérigos vestir de un modo eclesiástico: la respuesta es sí. La ley de la Iglesia lo ordena. Y lo ordena con la autoridad recibida de Cristo. Y la razón de ser de esta norma es espiritual.
Habiendo usado palabras, expresiones y pensamientos propios y de otros clérigos deseo fervientemente que no prejuzguéis mi ser, que soy un espíritu joven que se enamora cada día más de Dios, que sufre por el rumbo de las modas que sigue el mundo, el rumbo del desperdicio de la vida, que conoce que cuando se da un centímetro de helgadura se coge el brazo entero.
Por eso, si usamos, como digo en la poesía, las vestiduras propias, que lo son por tradición, por teología, por muchas cosas, bien usadas, sin olvidar y incluso poniendo en primer lugar el hábito 1, podrá haber una gran labor en la Iglesia, una gran trasmisión de amor a Dios y por ende a los hombres y mujeres. Y que, si se usa sin tener en cuenta el primer hábito, dará lugar a pensar lo que todos ya sabemos: dentro de la Iglesia, aunque es Santa, hay cizaña entre el trigo. Y así, todos los que usen sotana y tengan una doble vida, sepan quién es el Juez Divino.

Dios nos ayude en el discernimiento de estos temas que, aunque no lo parezcan, son delicados y nos guíe por el sendero correcto, se apiade de nuestras faltas y tenga misericordia con los menos favorecidos por nuestra malicia; les dé consuelo y gracia y a nosotros bendiciones.