El hábito que
hace al monje
no es el que
sobresale
ni el que poco o
mucho vale,
mas de él no se
despoje.
Lleve el justo
ambas ropas.
Así, el que
yerre su camino
sabrá quién es
su Juez Divino,
y, el que
acierte, huirá de malas copas.
Ama lo que hagas
y vieres
por amor a quien
te ama
y, sin andar por
cosa vana,
deja claro de
quién eres.
Es común y
popular el dicho categórico que afirma tajantemente: "el hábito no hace al
monje". Sin embargo cabe tener en cuenta unos detalles que explican cómo
sí que hace al monje según qué hábito, llamémoslo hábito 1 para posteriormente
abreviar, y cómo el hábito que no lo hace sí lo mantiene o al menos le recuerda
qué hábito 1 ha escogido; llamemos a éste otro, hábito 2.
Para entender
la diferencia entrambos, cabe sacar a la luz dos de las acepciones que ofrece
la RAE para esta palabra. La primera es la siguiente: "modo especial de
proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u
originado por tendencias instintivas" y la segunda "vestido o traje
que cada persona usa según su estado, ministerio o nación, y especialmente el
que usan los religiosos y religiosas".
Para ir con
orden, vemos cómo el hábito 1, el que reza la primera acepción, refleja una
actitud, centrándonos en el hábito religioso, positiva en tanto en cuanto sea
un hábito piadoso, de oración, de caridad, de fraternidad y de ayuda que
lógicamente sí hace al monje, lo forja en el amor a Dios y a las mujeres y
hombres, prójimos suyos. Así, podemos entender que, en este caso, no es lógico
afirmar que el hábito no hace al monje.
Sin embargo, la
segunda acepción, hábito 2, es más problemática. En este caso, hago referencia
a la sotana como hábito, para algunos arcaico, de los sacerdotes, seminaristas
y clérigos en general. Cabe decir que si para algunos resulta ésta de índole
divisoria o resulta una barrera para con los demás, es mi opinión la siguiente:
las "barreras", que son además tan tradicionales, es decir, con una
gran tradición y significado detrás, no han de derrumbarse, más bien hay que
abrir en ellas unas puertas dispuestas a acoger al que lo necesite. Esto,
teniendo en cuenta que no puede resultar barrera algo, que teniendo su
significado espiritual, es meramente material, físico. Es decir, lo espiritual
no crea la barrera puesto que, de ser así, tan irrelevante sería llevarla como
no llevarla, pero que, lo material, que una vestimenta marque la opinión sobre
alguien, aunque en determinados casos muy concretos pueda hacerlo o pueda
aportar alguna información sobre la persona, no es del todo sano; es uno de los
prejuicios de los que tanto hablo. Incluso, podríamos (aunque no es menester)
decir que, teológicamente, el sacerdote es alguien especial, segregado del
resto de los hombres para el culto a Dios, consagrado totalmente a su servicio,
elegido de entre todos para servir a Dios y al prójimo.
Además, hay en
las sotanas un significado especial y es que marcan a quién se pertenece, de un
modo especial, que recuerda al mundo la existencia de Dios, que marca el
orgullo, en sentido positivo, con el que se lleva al corazón a Cristo. También
resulta, si se compra honestamente y cumplido o con la verdadera intención de
hacerlo el hábito 1, un signo de pobreza
que evita pensar en las modas mundanas, como he leído en un blog, es como
decir: "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre".
Y, aunque aquí
manifiesto algunas razones y pensamientos para llevar los trajes clericales,
manifiesto la más completa comprensión hacia los hermanos sacerdotes y
seminaristas que no llevan esas vestiduras. Entiendo que estas ideas sean
difíciles de aceptar por los que han sido formados en la idea esencial de que
lo importante es la cercanía con la gente y que, por tanto, todo signo de
distinción conlleva separación, alejamiento y, por tanto, un mal cumplimiento
del ministerio de la ayuda al prójimo.
En este
escrito, hablo de los argumentos a favor de los hábitos eclesiásticos, pero no
me cuesta entender las razones contrarias a estos argumentos. Sostengo la
postura aquí expuesta, simplemente porque entre unas razones y otras, me
convencen más las razones a favor. No obstante, no juzgo a los que portan ropas
seculares habiendo tomado en sí un verdadero estado clerical. No juzgo, para
nada, a los que se revisten de ropas laicales. Creedme los que leéis estas
líneas, no juzgo, no pienso mal ni digo en mi interior: qué sacerdote tan
mundano, que secularizado está. Y si alguna vez he sentido la tentación de
pensar eso -tentación-, me he contenido. Y si he consentido, me he arrepentido.
He conocido a
muchos sacerdotes que no solo son buenos, sino, inmejorables, verdaderos
hombres de Dios, hombres santos que visten como laicos.
Y dejando
claros mis pensamientos acerca de no juzgar, ante la pregunta si es obligatorio
para los clérigos vestir de un modo eclesiástico: la respuesta es sí. La ley de
la Iglesia lo ordena. Y lo ordena con la autoridad recibida de Cristo. Y la
razón de ser de esta norma es espiritual.
Habiendo usado
palabras, expresiones y pensamientos propios y de otros clérigos deseo
fervientemente que no prejuzguéis mi ser, que soy un espíritu joven que se
enamora cada día más de Dios, que sufre por el rumbo de las modas que sigue el
mundo, el rumbo del desperdicio de la vida, que conoce que cuando se da un
centímetro de helgadura se coge el brazo entero.
Por eso, si
usamos, como digo en la poesía, las vestiduras propias, que lo son por
tradición, por teología, por muchas cosas, bien usadas, sin olvidar y incluso
poniendo en primer lugar el hábito 1, podrá haber una gran labor en la Iglesia,
una gran trasmisión de amor a Dios y por ende a los hombres y mujeres. Y que,
si se usa sin tener en cuenta el primer hábito, dará lugar a pensar lo que
todos ya sabemos: dentro de la Iglesia, aunque es Santa, hay cizaña entre el
trigo. Y así, todos los que usen sotana y tengan una doble vida, sepan quién es
el Juez Divino.
Dios nos ayude
en el discernimiento de estos temas que, aunque no lo parezcan, son delicados y
nos guíe por el sendero correcto, se apiade de nuestras faltas y tenga
misericordia con los menos favorecidos por nuestra malicia; les dé consuelo y
gracia y a nosotros bendiciones.
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