Hoy celebramos, aunque en algunos lugares, dentro de la piedad popular, ya lo celebraron el jueves, la solemnidad del Santísimo Sacramento (Cuerpo y Sangre de Cristo). Este acontecimiento es la celebración, la alegría de que Jesucristo nos diera como alimento su mismísimo Cuerpo y su mismísima Sangre. Un alimento que es fuente de fraternidad, de caridad, de ternura, de amor y que además se entregó por el perdón de nuestros pecados, nos dio poder por encima de la muerte y de todos estos poderes mundanos que día a día hacen esclavas a las personas. No obstante, queda absorbida toda esta alegría y todo este gozo porque, hoy, sacamos en procesión por nuestras calles al mismo Dios, no a una figura hecha por la mano del hombre. Hoy es Dios el que sale a tu encuentro, a buscarte y a decirte lo mucho que le importas. Por eso, que toda rodilla se doble ante Él. Démosle adoración a Jesús Eucaristía en la custodia que no es otra que su Madre, Santa María, esa mujer que siempre lo acompañó y que hoy también nos acompaña a nosotros.
Dentro del marco de esta celebración, la Iglesia Universal dedica toda la semana a la caridad, que es esa entrega al prójimo ya sea en alma o en ayudas materiales. Ahí es donde se muestra el amor a Cristo; en la ENTREGA a los demás, gratuitamente.
Por todo ello, ruego intercesión a Santa María, para que, de verdad, demos gloria a Dios pero no sólo pronunciando su nombre y arrodillándonos ante Él, sino arrodillándonos ante toda persona humana que necesite ayuda, ofreciéndonos como siervos de los necesitados, cuidando unos de otros con esa fraternidad que hoy echo mucho de menos. Así sea.
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